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Mandrake - La dimensión X

by Dick Fulton, Pala 1973

Introducción

-Entonces... ¿estás segura de que quieres...?

- ¡Papá! -interrumpió Fran a su padre con cariñoso reproche-. ¿Cuántas veces me has hecho esa pregunta y siempre te he respondido sistemáticamente que sí?

-¡Está bien, está bien ! -dijo el profesor Teobaldo, sacudiendo las manos y separándose de su hija.

Fran, mientras se limpiaba con un trapo las manos llenas de grasa, miró con dulzura a su padre, que con gesto un tanto adusto y dándole la espalda repasaba una vez más los minúsculos circuitos del panel central de mando. Siempre que se ponía huraño -y a medida que se aproximaba la fecha prevista lo hacía con más frecuencia- repetía la misma operación, como si no estuvieran suficientemente comprobados hasta la saciedad todos y cada uno de los elementos del tablero central.

La muchacha arrojó sobre el banco de herramientas el trapo y se acercó a su padre, lo cogió por un brazo e hizo que volviera la cara y le mirara. Fran sonrió y le besó en la mejilla.

-Papá, no debes preocuparte. Todo saldrá bien, lo sabes de sobra. Además, si no lo hago yo, ¿quién podría hacer este viaje?

-¡El viaje, el viaje! -masculló el profesor-.

¡Parece como si te fueras a pasar un simple fin de semana! Si tu madre estuviera aqui... -Si ella viviera -cortó su hija-, o tú seguirías en la Universidad peleándote con el resto del claustro, o sería ella la que se empeñaría en hacer... -no quería pronunciar la palabra viaje, que era la que casi brotaba de sus labios- ...en hacer el experimento.

¿Cuántas veces se habría desarrollado una conversación similar entre padre e hija desde que el proyecto había dejado de serlo para pasar a ser una palpable realidad? Daba lo mismo. Lo cierto era que ambos sabían que la única persona en el mundo capaz de realizar la fase final era ella, la hija del profesor Teobaldo, que había seguido, participado y ayudado en el proyecto desde que no era más que un montón de ecuaciones y dibujos de complicados sistemas en los desordenados papeles del profesor.

John Archibald Teobaldo, alto, delgado, incipiente calva frontal y enmarañadas melenas y patillas, cuidado bigote y perilla ; doctor en Ciencias Físicas, doctor honoris causa por varias Universidades norteamericanas y europeas, propuesto una vez para el Premio Nobel por sus trabajos en torno a los campos electromagnéticos y a la transmisión molecular ; partidario acérrimo de desterrar de la Universidad los arcaicos métodos de enseñanza -lo cual, antes de su retiro voluntario, le había ocasionado más de un problema-, era lo que la gente común entiende por un genio. Si alguien merecía con justicia ese calificativo, era el profesor Teobaldo.

Describir a su hija Francis constituía una tarea difícil, ya que los datos siempre parecían el producto de la imaginación desbocada del escritor. ¿Por dónde empezar? ¿Por su aspecto físico o por lo que contenía el cerebro oculto dentro de tan linda cabecita? A los veinte años había obtenido el título de doctor cum laude en Ciencias Físicas, rama de Física Teórica, y a los veintidós se doctoraba en Filosofía y Letras, especialidad de Filosofía Pura. Hablaba cuatro idiomas, sin contar el latín, que dominaba a la perfección. Un metro sesenta y siete de estatura; peso, cincuenta kilos. Ojos grandes, azules, puros y profundos como el océano, labios rojos y jugosos como pétalos de rosa bañados por el rocío. Piel suave, cálida, sin la menor imperfección ; rasgos del rostro suaves, nobles. 86-54-86 eran sus medidas, y sus piernas hubieran hecho palidecer de envidia a la Marlene Dietrich de El Ángel Azul; y, para colmo, era una mujer agradable y simpática con todo el mundo. Allí por donde pasaba, quedaba flotando como un halo que emanaba de su fuerte personalidad. Había llegado el día en que Fran se disponía a servir de conejillo de Indias en el experimento de su padre. El gran día del profesor Teobaldo ; la meta de treinta años de trabajos estaba, por fin, a la vista.

Con un pie ya dentro de la cápsula, Fran se detuvo, miró a su padre y le besó suavemente.

-Cuídate -dijo el profesor Teobaldo.

La muchacha sonrió.

-¿Te das cuenta, papá? Hasta tú te has convencido ya de que es un simple viaje. Como decías, casi parece que me voy a pasar un fin de semana.

Fran no esperó la respuesta de su padre y entró en la cápsula. El profesor Teobaldo se dirigió al tablero de mandos, que estaba adosado, a la altura de su cintura, a una sección del cilíndrico recipiente, justo debajo de una mirilla redonda por la que se veía a la muchacha, que aguardaba en pie con una brizna de nerviosismo reflejado en su rostro.

El profesor apretó un botón, y una palanca metálica cubrió la puerta. Ni siguiendo toda la superficie de la cápsula con una lupa se habría podido descubrir el lugar en el que estaba la puerta, tal era la precisión con que había sido fabricada. No había en ningún sitio ni una tuerca, ni un remache, ni una juntura. Parecía construida de una sola pieza.

El profesor se inclinó un poco para ver el interior de la cápsula. Fran le sonrió y con la cabeza hizo un ademán como queriendo decir :

«Vamos, papá. ¡Adelante! Es tu día. Todas tus teorías, todos tus desvelos, tus sacrificios, han llegado a su término. Y yo, tu hija, voy a convertirlos en realidad. ¡Vamos! ¡ No lo dudes más, mueve el interruptor... ! »

La huesuda y firme mano del profesor Teobaldo desplazó de arriba abajo el interruptor.

¡ Click !

Casi imperceptible en sí, el sonido se multiplicó en el silencio del laboratorio, y, confundiéndose con él, se encendió en el panel un rectángulo en el que parpadeaba en rojo la palabra ACTIVAL, y un sordo rumor energético parecía reptar por el suelo del laboratorio en dirección a la base de la cápsula.

El profesor Teobaldo hizo funcionar tres nuevos interruptores y el zumbido se hizo más intenso. Los potenciómetros movieron sus agujas hasta el máximo, indicando que allí se estaba recibiendo el máximo de energía posible. Seguidamente, con gesto rápido, apretó seis de las doce teclas de la doble hilera dispuesta en forma horizontal. Otros tantos pilotos comenzaron a emitir su intermitente señal. El ruido se hizo más intenso, parecía que todo el laboratorio era presa de una tremenda convulsión.

A través de la mirilla, el profesor Teobaldo comprobó que el interior de la cápsula adquiría una tonalidad azul. Apretó una nueva tecla ; el azul acentuó su tonalidad haciéndose más oscuro; vio cómo el cuerpo de Fran era rodeado de serpenteantes líneas eléctricas procedentes de la pared de la cápsula ; la trepidación cesó, y fue sustituida por un agudo pitido ; los pilotos parpadearon más rápidamente... y Teobaldo fue pulsando las siguientes teclas hasta completar la docena.

El azul del interior fue transformándose en un negro profundo, y en medio de esa negrura brillaba tremendamente luminoso el cuerpo de Fran. Parecía que tal luminosidad procedía de ella misma, de su interior. La luminosidad continuó hasta hacer blanca a la muchacha. Hasta que esa blancura se convirtió en sutil transparencia, hasta que la transparencia comenzó a desdibujar, a borrar los rasgos y contornos de Fran... Todo ruido cesó automáticamente.

En el rectángulo luminoso apareció de forma fija y conclusa la palabra OFF. El proceso había llegado a su fin.

El profesor Teobaldo se inclinó para ver por la mirilla.

El interior de la cápsula estaba vacío. Ominosamente vacío.

Fran había desaparecido.

Se había volatilizado.

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